sábado 21 de noviembre de 2009

Caín, José Saramago


A pesar de su ateísmo declarado, a José Saramago la figura de dios no le es indiferente. Por el contrario, a lo largo de su carrera como escritor se ha dedicado a negarla, pero también a reclamarle sus injusticias, a cuestionarla. Prueba de ello es una de sus más ambiciosas y logradas novelas: El evangelio según Jesucristo (1991), donde el Nobel portugués ofrece una visión del hijo del dios opuesta a la de su padre, ya que mientras éste exige sacrificio y hace de la muerte su bandera, aquél defiende la vida y la felicidad en la tierra. En su más reciente novela, Caín, Saramago vuelve a la carga y nos entrega su propia versión del antiguo testamento.
El Caín de Saramago, al igual que el bíblico, hace una ofrenda a dios que éste rechaza, mientras que acepta la de su hermano Abel. Caín, celoso, mata a su hermano con una quijada de burro. Cuando dios le pregunta por Abel, Caín aduce que no es su guardián. Dios reclama a Caín la muerte de su hermano y lo condena al destierro. Si el Caín bíblico acepta su condena, no sin antes quejarse de su vulnerabilidad, ante lo cual dios lo protege con una señal en su frente, el Caín de esta novela reclama al creador su responsabilidad en la muerte de Abel, que se habría evitado si dios no hubiera rechazado su ofrenda.
Quien conozca la obra de Saramago no encontrará novedades en esta obra: el narrador es uno en tercera persona que ironiza respecto de su mundo narrado y hace digresiones, aunque éstas se han reducido en este último libro; el diálogo se introduce a través de la mayúscula. Si bien Caín está claramente emparentado con El evangelio según Jesucristo, ya que ambos proponen una nueva perspectiva de la biblia, la reciente entrega no tiene ni la ambición ni el volumen de su antecesor. Sin embargo, Caín propone interesantes y razonables cuestionamientos al dios cruel y autoritario del antiguo testamento.
Para abarcar diversos episodios de esta primera parte de la biblia, Saramago se vale de un recurso ingenioso: hace viajar a Caín en el tiempo, de modo que pueda ser testigo, si bien no protagonista, de escenas como la destrucción de Sodoma, el fracaso de la torre de babel, la construcción del arca de Noé, entre otras.
Un Caín indignado va descubriendo confirmando conforme avanza el libro la arbitrariedad y sed de sangre de un dios que no considera el suyo. Pero, a diferencia del Cristo de El evangelio según Jesucristo, que padece en carne propia la sevicia de dios, en Caín su protagonista funciona, como ya he dicho, sólo como testigo de los hechos, no implicado directamente en ellos, lo cual le resta dramatismo a la novela. En el enojo de Caín resuenan las convicciones de Saramago, de modo que el libro parece ser un pretexto para que el autor luso exponga sus tesis. Además, no termina de ser convincente la justificación de Caín para matar a Abel: más bien parece una estratagema del asesino para evadir, ante los demás y ante sí mismo, su propia responsabilidad.
Estos posibles reparos no le restan interés al libro. Si el lector acepta la no participación de Caín en la mayoría de los sucesos narrados y sus contradicciones, se encontrará con una indagación necesaria en la figura de un dios concebido desde el poder para concitar la obediencia de sus fieles. Un Dios constituido como medio de control para frenar los excesos y las insubordinaciones. Pero es tal el celo de este dios que termina por hacer infelices, en el mejor de los casos, y destruyendo, en el peor, a sus sufridos seguidores, que le deben, so pena de castigo ejemplar, pleitesía absoluta.
A pesar de su edad, Saramago nos demuestra con Caín que es capaz de seguir ofreciendo a sus lectores obras atractivas, que buscan llegar a la médula de nuestros conflictos más acuciantes.

miércoles 18 de noviembre de 2009

El perrito de Lady Chatterley, Eve Gil


A la par de Sho-shan y la Dama Oscura, su más reciente novela, Eve Gil publica El perrito de Lady Chatterley, una compilación de sus cuentos, como para mostrar a sus lectores de nuevo cuño su carácter de escritora polifacética, poseedora de diversos registros narrativos. Este volumen incluye los libros de relatos Sueños de Lot y La reina baila hasta morir, así como “Arsénico y caramelos”, cuento aparecido en la antología La dulce hiel de la seducción, y uno más, inédito: “Escribir y amar”.
Sueños de Lot está compuesto por tres cuentos que tienen en común la ausencia de la figura paterna, el incesto simbólico y la terrible soledad que atenaza a sus protagonistas. Los tres cuentos arrancan con alguien que espera a otro u otra.
En “Vocación de Electra”, quizá el mejor entre estos tres relatos, la protagonista y narradora, actriz de oficio, espera en un cuarto de hotel a su amante, maduro director que nunca ha sabido darle el papel protagónico ni en el teatro ni en su vida. Ella, sin embargo, se resigna, pues ve en el amante esa figura paterna, protectora, que siempre ha echado en falta. Conforme avanza el cuento conocemos el tremebundo pasado de la narradora, que explica a cabalidad su relación de dependencia.
En “Last tango reloaded” Osorno, narrador protagonista, es esperado en un cuarto de hotel por una jovencita que lo ha contratado para que pase la noche con ella. Venciendo sus escrúpulos, pues él mismo es padre de una joven de esa edad, Osorno se dará al goce con la muchacha, que busca en él a ese padre que nunca le ha dado atención. El encuentro aliviará, al menos por un rato, la condición de islas de ambos personajes.
“Kundera dixit”, narrado en tercera persona, cuenta la historia de Cronopio y Aquamarina, dos solitarios que se han conocido por Internet y que, ahora frente a frente, mantienen un diálogo que los desnuda tanto o más que el propio sexo. Por las inquietantes analogías que Cronopio hace entre la amante y la hija, el cuento nos trae reminiscencias de La casa de las bellas durmientes, de Kawabata.
Como vemos, estos tres cuentos gozan de una evidente unidad y se iluminan uno a otro. La reina baila hasta morir, en cambio, está compuesto de relatos muy diversos. “Cerridwen y las sirenas” y “Claveles salvajes”, por ejemplo, son cuentos fantásticos en los cuales los protagonistas son amenazados por un factor misterioso que acaba trastornando del todo su cotidianeidad. “Las abuelas”, narrado por una niña que desahoga su resentimiento ante una abuela paterna indiferente y orgullosa, también participa de la literatura fantástica, pero revelando su verdadera naturaleza sólo al final.
El erotismo está bien representado en el libro por “Cenicienta hard core”, en el que la narradora revela ante nosotros sus deseos carnales más recónditos y los hace realidad, cuestionando implícitamente los estrechos límites morales que impone la sociedad, así como la imposibilidad de llevar a cabo esos deseos ocultos, siempre latentes.
“Alicia o el diablo”, narrado en tercera persona, es protagonizado por una joven y su “secuestrador”, que se han enamorado. A contrapelo de la condena social, que ve en el captor un monstruo, el cuento nos revela cómo la joven encontró el afecto que nunca tuvo en casa, con su madre autoritaria e indiferente, en el hombre que la privó de la libertad.
En “Ataraxia” se nos narra una versión contemporánea de Blanca Nieves. Sólo que ahora la perspectiva es la de la malvada reina, de modo que el final feliz se vuelve triste: la maldad nos atrae y concita nuestras simpatías. “La culpa es de los bolcheviques”, por su parte, es un conmovedor homenaje a la escritora Elena Garro. Narrado en tercera persona, el cuento explora los últimos días de vida de la escritora, el atormentado recuerdo de su gran amor y la proyección de su propio drama en sus ficciones.
“Arsénico o caramelos”, incluido antes en una antología de relatos eróticos publicada por Cal y Arena, da cuenta de la relación entre Emma, una Madame Bovary contemporánea, y Portia, su joven alumna, que terminará por seducirla y enrostrarle sus propios anhelos prohibidos. En este relato queda patente cómo las prohibiciones estimulan nuestro deseo e imaginación. A la vez que disfruta del sexo condenado, Emma siente un delicioso placer al sentirse transgresora.
Por último, “Escribir y amar” da cuenta de la relación epistolar entre dos escritores, Ana y Orlando, que, más que conocerse, se inventan a través de sus cartas electrónicas. Este cuento, que abre el libro, plantea sutilmente cómo los otros muchas veces constituyen proyecciones de nuestros propios deseos e ilusiones, más que identidades en sí mismos.
El espacio es breve para dar cuenta a cabalidad de los relatos que componen este libro. Sin embargo, es importante apuntar que si vale la pena leer estos cuentos es porque en ellos encontramos indagaciones en nuestros yos recónditos, desnudos de todo límite y convención. Hay que aplaudir que la autora no le tema a profundizar en nuestra condición humana, aun a costa de desnudarse a sí misma. Hay que leer a Eve Gil.

Sexy, Joyce Carol Oates


De Joyce Carol Oates se puede decir que, prácticamente, ha frecuentado todos los géneros literarios: novela, novela corta, cuento, teatro, poesía, ensayo, literatura infantil y literatura juvenil. Es a este último rubro, la literatura para jóvenes, que pertenece la obra que ahora me ocupa: la novela Sexy, que aborda el vigente tema de la persecución social en razón de la preferencia sexual.
Aunque narrado en tercera persona, este libro nunca se aparta de la perspectiva de su protagonista, el joven de 16 años Darren Flynn, con todas sus dudas e inquietudes en medio de su proceso de autodescubrimiento. A partir de que su cuerpo se desarrolla, Darren se siente observado por cientos de miradas, lo cual lo halaga a la vez que atemoriza. Una de esas miradas es la de su profesor de lengua, el señor Tracy, quien incluso le toma fotos cuando el joven participa en competiciones de clavados.
Una tarde de nieve, el señor Tracy invita a Darren a subir a su coche para llevarlo a casa. No muy convencido, el muchacho acepta. Dentro del coche, los sucesos son confusos: al parecer, Tracy hace intentos de declarar su atracción al joven, sin atreverse del todo.
Poco después, Darren es testigo de una conjura orquestada contra Tracy por un alumno resentido ante una mala calificación: se acusará al profesor de ser un pedófilo, vinculándolo con pornografía infantil y acusándolo de violar a un niño. Aunque conoce la falsedad del cargo, Darren no se ve impelido a intervenir, pues piensa que las cosas no pasarán a mayores. Pero la mentira se vuelve una bola de nieve que va destruyendo la reputación y la vida del señor Tracy. La mentira mil veces repetida termina por volverse verdad y Darren deberá decidir si callarse o alzar la voz a favor de su profesor.
Como muchas novelas para jóvenes, Sexy es una novela de formación, ya que su protagonista va madurando conforme avanza la novela, cruzando un umbral que lo transformará de niño a joven, y de joven a hombre. Darren será testigo de los prejuicios sociales más arraigados y nefastos, y de cómo la justicia brilla por su ausencia en una sociedad cruel y paranoica.
Sexy también da cuenta del enfrentamiento entre el individuo y la autoridad institucional: si bien aquél puede optar por defender la verdad, ésta resguardará ante todo su propia permanencia, pisoteando, de ser necesario, todo tipo de valores.
Sin duda, Sexy mueve a la reflexión, nos sensibiliza y a la vez nos enfrenta con un espejo despiadado que nos muestra nuestras peores y más extendidas taras.

sábado 14 de noviembre de 2009

Tardarás un rato en morir, Imanol Caneyada


Ganadora del Concurso del Libro Sonorense en 2008, esta novela de feliz título nos hace perder cualquier tipo de prevención, al menos durante su lectura, ante la cuestionada legitimidad de los premios literarios. Tardarás un rato en morir, del escritor español afincado en México Imanol Caneyada, no es una obra pretenciosa que le apueste a la afectación del lenguaje para impresionar al lector. La propuesta de Caneyada parece ser la de los grandes contadores de historias: embrujar al lector a fuerza de informaciones dosificadas y revelaciones oportunas, con un lenguaje contenido, preciso, y provocarle con ello emociones y sobrecogimientos.
El libro se desarrolla en varios planos narrativos que se alternan de forma no simétrica, en relación de uno a uno, sino que avanzan según su necesidad de mayor o menor información. Eso permite al autor evadir una estructura que, en el caso de su novela, podría haber resultado esquemática y forzada, restándole persuasión a sus distintas historias.
Cuatro son los narradores de Tardarás un rato en morir: dos en primera persona, uno en segunda, de fugaz aparición, y uno más en tercera. Los narradores en primera persona son también los protagonistas del libro: en primer lugar, Juan José Salvatierra, alias “El Cabezón”, cuenta su exilio en Montreal, Canadá, al lado de su amigo y jefe Martín Torrevieja, “El Tinín”, ex gobernador de alguna entidad de México caído en desgracia. El suspenso se consigue ocultando el motivo por el cual “El Cabezón” y “El Tinín” se han fugado a Canadá, dato que se irá revelando conforme avance la novela. Además, se obtiene el interés del lector gracias a la configuración de “El Cabezón”, probablemente el personaje más atractivo del libro: siempre ha sido la mano derecha de “El Tinín”, a quien ha admirado a la vez que envidiado.
Mientras que Martín es guapo y exitoso, “El Cabezón” es casi un fenómeno, reducido siempre a ser la sombra de su amigo, quien lo ha usado sin escrúpulos para sus propósitos. Ahora que Martín ha perdido su poder, “El Cabezón” se cuestiona su fidelidad y el sentido de haber servido tanto tiempo a un tipo de quien no ha recibido amistad, sino humillaciones y desprecio. Esta pareja de personajes tiene reminiscencias de Humberto Peñalosa, “El Mudito”, protagonista de El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, y Jerónimo de Azcoitía, su patrón, idolatrado, envidiado y odiado a la vez por Peñalosa.
El segundo narrador en primera persona es Aitor Pelletier, joven inspector la Policía de Montreal e hijastro del dueño de un restaurante de comida mexicana que “El Tinín” y “El Cabezón” suelen frecuentar. Aitor sigue los pasos de un asesino en serie que mata a sus víctimas, mujeres maduras y solitarias, por medio de la furia y los colmillos afilados de un enorme perro. El interés de esta línea narrativa radica, claro está, en el misterio de la identidad del asesino. Cabe resaltar que a pesar de que la novela presenta dos narradores en primera persona, éstos nunca se confunden entre sí, no tanto por los distintos registros de sus voces, sino por lo bien diferenciado de sus historias.
El narrador en tercera persona relata el pasado de “El Cabezón” y “El Tilín”: su amistad de muy jóvenes, los estudios juntos, la ascensión de Martín al poder, hasta llegar a su caída en desgracia y a la huida de los amigos a Montreal.
El narrador en segunda persona aparece una sola vez y da cuenta del abandono del hombre a quien refiere por su mujer. Sólo muy avanzada la obra nos enteraremos del sentido de este plano, que, cuando aparece, sirve para incitar aún más la ya soliviantada curiosidad del lector.
Tardarás un rato en morir tiene la estructura de un rompecabezas, de modo que sea el lector el encargado de ir embonando las distintas piezas para dar sentido a la totalidad narrativa. Es en ese sentido que puede desconcertar el plano narrado por Aitor Pelletier: se crea la expectativa de que al final de la novela alcanzará un nexo argumental con los planos del presente y el pasado de “El Cabezón” y “Tinín”, lo cual no ocurre.
Sin embargo, este plano puede verse como un contrapunto a la trayectoria vital de “El Cabezón”: mientras que éste pasa de servir al poder representado por “El Tinín” de forma servil y acríticamente, lo cual lo sume en una profunda soledad de la que saldrá sólo cuando el amor o algo parecido a él irrumpa en su vida, Aitor va perdiendo paulatinamente su relación sentimental en aras de entregarse a su trabajo, y el asesino se vuelve tal cuando se queda solo, abandonado por quien amaba.
Esta excelente novela en busca de lectores muestra de forma muy elocuente cómo entretenimiento y ambición narrativa no son elementos contradictorios, sino perfectamente compatibles.

jueves 12 de noviembre de 2009

Mamá, Joyce Carol Oates


Además de la muerte de los hijos, la pérdida de la madre debe de ser una de las experiencias más perturbadoras que puede vivir un ser humano. Más todavía si dicha pérdida se da de forma violenta y fortuita. En su más reciente novela traducida al español, Mamá, Joyce Carol Oates ahonda en este desgarramiento y las repercusiones que conlleva para su protagonista, la treintañera Nikki Eaton.
La novela, narrada por Nikki, arranca con una cena de Día de las Madres en la que se hace patente el abismo que separa a la muchacha de su progenitora. Con su trabajo como periodista, Nikki ha conseguido la independencia económica y se ha mudado a una ciudad cercana para escapar, entre otras cosas, a la influencia de su madre, a quien ve de cuando en cuando. Nikki es la oveja negra de la familia: a diferencia de su dominante hermana mayor, casada y con dos hijos, no ha sentado cabeza; por el contrario, se ha vuelto la amante de un hombre veinte años mayor y casado. Además, su apariencia no es la que su madre desearía: se ha cortado el pelo estilo “punk”, se lo ha teñido de morado y usa ropa demasiado atrevida para el gusto conservador.
Casi al final de la cena, la madre reprocha una vez más a Nikki su relación adúltera, por lo cual ésta decide castigarla privándole de sus llamadas por unos días. Nunca habría pensado Nikki que la próxima vez que viera a su madre, poco tiempo después, sería muerta, asesinada en el garaje de su casa. A partir de este deceso tan inesperado como doloroso, Nikki irá descubriendo, poco a poco, una imagen desconocida de su propia madre. Imagen que, a su vez, irá transformándola a ella misma.
La mayor parte de esta obra de casi 500 páginas constituye una indagación de Nikki en su propio dolor, en sus propias culpas y en la vida desconocida de su madre. Paradójicamente, el primer acercamiento profundo entre madre e hija se da cuando aquélla ha muerto.
No es esta una novela donde ocurran muchas cosas, o que mantenga en vilo al lector por medio del suspenso. En realidad nos enfrentamos a un libro moroso, detallado. Pero en esta ocasión lentitud no equivale a aburrimiento. Oates seduce sobre todo por la profunda caracterización de sus personajes, de una pasmosa naturalidad. A la vez que contribuyen al retrato acabo de la madre, los personajes exponen sus propias glorias y miserias de forma tan vívida, tan persuasiva, que terminan por valer no sólo como comparsas de Nikki y su madre, sino por sí mismos.
Mamá tampoco es una novela que se proponga demostrar postulados específicos. No responde, sino que indaga, cuestiona, problematiza. De ahí que resulte inquietante para sus lectores.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El último Dickens, Matthew Pearl


Resultan un tanto chocantes esos ejercicios taxonómicos que marcan una línea severa e infranqueable entre la presunta gran literatura y la literatura de consumo, de entretenimiento. Dichos ejercicios contribuyen a extender el prejuicio de que la “gran” literatura es necesariamente ardua e inaccesible al lector común, quien tendría que resignarse a leer literatura “ligera”, que sólo lo entretenga. En realidad, esa frontera entre una y otra es cada vez más evanescente e imprecisa. De otra manera, no se explicaría el comentario celebratorio de un clásico de las letras en español como Mario Vargas Llosa referido a las novelas del best seller sueco Stieg Larsson. No se limita Vargas Llosa a consignar su entusiasmo por la trilogía de suspenso de Larsson, sino que incluso le da la bienvenida a la inmortalidad literaria a una de sus protagonistas, Lisbeth Salander.
Con lo anterior quiero decir que una novela de suspenso o thriller no tiene por qué estigmatizarse como literatura menor. Más útil resulta juzgar los libros pertenecientes a este género por sí mismos, desde una óptica desprejuiciada. La novela que ahora me ocupa es, justamente, un thriller. Se trata de El último Dickens, de Matthew Pearl, una de las publicaciones más recientes de Alfaguara.
El último Dickens se desarrolla en dos planos narrativos que se alternan en relación de uno a uno hasta converger: el primero de ellos se ubica en 1870, poco después de la muerte de Charles Dickens. El gran escritor no habría alcanzado a terminar su última novela, El misterio de Edwin Drood, dejándola a la mitad. Toda la tensión narrativa de este plano descansa en las interrogantes planteadas en torno al manuscrito: ¿en realidad Dickens sí escribió la parte restante? ¿Qué oscuros intereses están en busca del libro, al grado de matar a quien se interponga en su camino? Uno de los editores estadounidenses de Dickens, cuya empresa está en crisis, viajará a Inglaterra para tratar de recuperar el trozo perdido del libro y salvar a su empresa de la ruina, a la vez que resuelve el misterio.
El segundo plano se remonta tres años atrás, cuando Dickens realiza su última gira por Estados Unidos. Esta línea narrativa tiene su propio motivo de suspenso: una extraña mujer aparece en cada una de las presentaciones del autor; Tom Branagan, una suerte de guardaespaldas de Dickens, teme que la mujer atente contra el autor. A su vez, la resolución de este misterio contribuirá al desvelamiento del principal, planteado en el primer plano.
El último Dickens es una novela que no da tregua a su lector: dosifica de manera sabia y contenida su información, sus revelaciones, de tal manera que no haya forma de dejarla. Al ser dos los planos narrativos, el suspenso es doble. Sus personajes están bien configurados, ya que tienen motivaciones verosímiles y por ello son capaces de imponerse al lector como “reales”.
Sin embargo, también se le podría reprochar a Pearl que no ahonda en la condición humana de sus personajes y hace depender su novela demasiado de la revelación del misterio. Además, cae en algunos lugares comunes del género, como casualidades inauditas, golpes de suerte extraordinarios y un actuar demasiado heroico o falto de amor por la vida de sus personajes en los momentos críticos.
A pesar de ello, El último Dickens es una muy buena novela. Porque gracias a su astuta estructura y su estilo funcional, arroba al lector de tal modo que para cuando llega al punto de verse en la disyuntiva de aceptar o no sus excesos, los acepta, y no como tropiezos, sino como parte de la dinámica misma del texto. Además, novelas como ésta nos devuelven la idea de la literatura como un gozo, como una urgencia de seguir leyendo, ni más ni menos que como si la vida se nos fuera en ello.

lunes 9 de noviembre de 2009

El solterón, Adalbert Stifter


La emergente editorial española Impedimenta tiene como vocación, además de reeditar clásicos de la literatura, dar a conocer a los lectores de nuestra lengua obras literarias de gran valor que no habían sido traducidas, hasta ahora, al español. Una de esas obras es la que ahora me ocupa: El solterón (1844), del narrador checo en lengua alemana Adalbert Stifter, celebrado por un autor de la importancia de Thomas Mann como “uno de los narradores más extraordinarios, enigmáticos, secretamente audaces y excepcionalmente apasionados de la literatura universal”.
El solterón enfrenta a dos figuras aparentemente opuestas: por un lado, el joven Víctor, rodeado de amigos y con toda una vida por delante, quien a pesar de estar enamorado de una jovencita, decide que nunca se casará, pues no considera tener el patrimonio suficiente para a complacer a quien pretende como esposa; por otro lado, el anciano tío de Víctor, habitante de una isla desierta rodeada de montañas, aguardando la llegada de la muerte.
El tío manda llamar al sobrino sin dar explicación, pidiéndole que haga el largo camino que hay entre la localidad donde el joven vive y la isla por su propio pie. Víctor accede a sus deseos. Pocos hechos ocurren en la novela además del esperado encuentro entre joven y viejo. El estilo es moroso y abundan las descripciones. El autor parecería desear hacernos sentir el cansancio que el mismo Víctor siente ante el largo trayecto a recorrer.
A pesar de ello, la novela no llega a aburrir. Además de que el lector tiene la expectativa de cómo será el encuentro entre los dos personajes principales, hay algo inquietante ocultándose entre cada página. Ese algo que da cuenta, de esa forma difusa, incierta, pero punzante, tan propia de la literatura, del itinerario que va desde la más tierna juventud, donde el mundo aún tiene muchas cosas por ofrecer, donde todo está por hacerse y descubrirse, hasta esa isla desierta de la vejez, de esa vejez particular que ya no espera nada sino la extinción.
Víctor funciona como un espejo del anciano y viceversa. Mientras que la vida del viejo difícilmente podrá alterarse, pues su soledad y aislamiento se han vuelto crónicos, una enredadera casi imposible de arrancar, la vida de Víctor quedará signada por ese encuentro que, con probabilidad, será lo más importante que hasta ese momento le habrá ocurrido.
Gracias a ese deformado y triste espejo que representa el tío, Víctor descubrirá aspectos de sí mismo que desconocía y tomará decisiones que acabarán afectando radicalmente su vida.
El solterón es sobre todo una novela discreta. No ofrece emociones que exploten en la cara del lector, dejándolo noqueado. No presenta grandes incógnitas a ser descubiertas en el proceso de la lectura. No hay crímenes ni grandes amores ni vidas extraordinarias en ella. No es una novela ágil, de esas que uno se niega a dejar a pesar del sueño o el cansancio.
En sus 149 páginas, el libro de Adalbert Stifter pretende ofrecer al lector, básicamente, el enfrentamiento de dos opuestos que podrían ser una misma persona en diferentes etapas de su vida, como si al viejo se le estuviera dando la oportunidad de volver a ser joven y tomar un camino distinto, o como si al joven le fuera dado asomarse al futuro que le espera de seguir la misma ruta. ¿Son, acaso, uno la proyección del otro, uno el deseo del otro, otro el temor del uno?
De este modo, a pesar de ser un libro sencillo, El solterón logra de algún modo rozar lo ambiguo, la inefable materia de la que están hechos la soledad, en particular, y los sentimientos humanos, en general.